sábado, 11 de diciembre de 2010

El gran Sauce

Ando por mi camino, un camino normal, nada interesante, simple y cotidiano, cada día ando sin pensar en nada, con cariño rebosante en mi, pensando en querer encontrar algo nuevo que aportar a mi camino. Día tras día, empleo todas mis fuerzas para hallar algo que ofrecerle a mi camino, un largo y generoso sendero.

Un caluroso y sofocante día, me muestro distraído, sin ganas de buscar nada que ofrecerle a mi camino, dejando de lado los pensamientos que siempre me rondan en la cabeza. El zumbido de una abeja me altera, me desquicia y me hace revolotear. Desaparece.
A lo largo y distorsionado camino, encuentro algo llamativo que me hace observar, con las manos encima de mis cejas tapándome del sol, no distingo que es eso que me llama tanto la atención. Doy pasos largos, zancadas que jamás en mi vida pensé que daría, el corazón me latía a doscientas pulsaciones por minuto, mi lengua no aguantaba dentro de mi boca, mi garganta reseca, mis pulmones exhaustos, mis piernas temblorosas, mi pulso alterado, todo junto al sol abrasador me desgana, pero continuo, poco a poco voy bajando la velocidad, disminuyendo el paso hasta detenerme. Observo con el corazón en el puño...

Mis ojos no paraban de parpadear para comprobar que había encontrado algo inusual en mi sendero, un nuevo pasaje, otro camino por el cual caminar...

Entro, aún con el cuerpo entumecido miro a todos lados sin perderme un mínimo detalle, es un bosque oscuro, triste, demacrado. El abrasante calor paso a ser gélido como el hielo, los árboles, secos, los arbustos, sin plantas, las hojas revoloteando con la fría brisa que rondaba por allí. Los troncos tenían rostros tristes, llorosos, susurros que me decían que me detuviese, que ofreciese algo de cariño, algo de amor.

No sabía como actuar, mis pies estaban paralizados pero mi cabeza me decía: "corre, corre, corre."

Huí.

Al día siguiente, no aguanté más, a primera hora de la mañana partí en busca del camino oscuro y no me lo pensé dos veces, volví a entrar, animado, hablé con un gran Sauce que se percibía su tristeza desde lo más lejos del camino. Me pidió cariño, como los otros árboles de su alrededor y esta vez, lo ofrecí. Poco a poco aquel tenebroso bosque quedó rico en el amor y el cariño que le había ofrecido.

Partí al encuentro a mi camino en busca de alguien especial, ese alguien tendría que ser una persona con la que me encantaría compartir este gran descubrimiento, hacerle ver a alguien que de verdad con tu esfuerzo y constancia, con un poco de amor, lograrás que cualquier cosa por marchita que esté, consiga florecer.

Ella no me creía hasta que lo vió, sus ojos se salían de las órbitas, ella contemplaba el hermoso paraje que le había enseñado para disfrutarlo juntos... Yo la contemplaba a ella.

Cada día parecía que el bosque se volvía más brillante y esplendoroso y más me gustaba a mi compartirlo junto a la persona que creí que sería la más adecuada en mi vida.
Ella, que tan loca se volvió por el bosque, un día decidió ir sin mi, observó que al poco de ella llegar aparecí yo, se escondió detrás de unos arbustos que la ocultaban de arriba a abajo. Seguí adelante para dar un paseo y relajarme. Sin mediar palabra me golpea en la cabeza con una piedra, un charco de sangre empapa los sueños que un día quise cumplir junto a ella en este camino que construí para nosotros. Medio insconciente con la mirada a ratos noté que me arrastraba, parecía eterno, me dolía mucho la cabeza pero más me dolía darme cuenta de que mi corazón latía por dos extremos, de amor y de sufrimiento.

A los días despierto en un oscuro y tenebroso bosque, la cabeza me da vueltas y vueltas y no consigo abrir los ojos completamente, me duele el cuerpo y no recuerdo por qué estoy en un bosque gélido, algo me trae recuerdos, parece que ya lo he vivido antes...
Voces susurrantes me endulzan los oidos para que ande, encuentro un pequeño Sauce a la orilla de un río que, de pronto, me devuelve todos los recuerdos que me pasaron hace... ¿un par de días?

¿Por qué me has echo esto? Me pregunté a mi mismo para encontrar una respuesta a lo que ella me había echo. Entonces... me di cuenta de que era yo quien quería que fuese especial, nadie me había demostrado que lo fuese en realidad, fue sólo una mera ilusión mía. Que estúpido.

Miro al pequeño Sauce y me siento en frente de él. Tiene una enorme tristeza reflejada en su tronco como si estuviese echa con dolor. Me pidió el cariño que también el gran Sauce me pidió en su día pero, esta vez no tenía cariño para dar. Le conté todo lo sucedido, día tras día me fui dando cuenta de que lo único que tenía en mí era tristeza, dolor, llantos, lamentos, el corazón roto...
No paraba de darle vueltas...
"Te enseñé mi camino, me golpeas me arrastras y me llevas a un lugar apartado, tu continuas los pasos que yo empecé a dar. Me quitas de lo que creé para los dos."

Por último dejé de irme, me quedé hablando intensamente con ese pequeño árbol que tanto me entendía, pasé las noches junto a él, me di cuenta de que realmente lo especial no era buscar a alguien para mostrarle lo que has conseguido, lo especial es lograr que esos pequeños detalles sean lo más importante para tí. Entonces, dejé de tener extremidades, me volví uno con aquel pequeño Sauce y con el paso del tiempo nos convertimos en un gran Sauce triste...

Cuenta la historia que aquel gran Sauce esperaba impaciente a alguien para que por arte de magia encontrase el sendero perdido, observase el triste bosque y le recubriera del cariño, que tanto necesitaba.

Ezequiel

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